Ya sabía yo, que ellos eran hombres dominantes, pero verlos ahí sentados, exudando su aura y con aspecto de dioses griegos, es bastante diferente. Mi loba y yo lloriqueamos ante la escena, sin embargo, me obligué a permanecer erguida, pues, después de todo, soy la hija de un alfa.
“Hola, Caliana”. Un hombre apuesto de unos veinticinco años se puso de pie y me saludó. Lo reconocí porque había visto algunas de sus fotos en internet, era Jamal, el segundo hermano, representante y cara de la empresa y el beta de la manada. Así, intenté recordar lo que se decía sobre él en un artículo que leí.
Lo tenía, se decía que era «el ángel dorado del oeste», y que, aunque aparentaba ser amigable, detrás de la máscara que usaba se escondía un ser tan peligroso como sus hermanos.
“Hola”, saludé con timidez, y mientras sujetaba mi mano con delicadez, Jamal me guió al asiento contiguo al alfa Edward, que ni siquiera me dedicó una mirada.
“Bienvenida a la familia, Caliana. Ellos son mis hermanos; Marcus y Marcos, los gemelos”. El beta Jamal, me presentó a los gemelos, quienes también son guapos y solo se diferencian por pequeños rasgos, como su cabello y ojos. Por un lado, Marcus tiene el cabello rubio oscuro y ojos marrones como Jamal, en cambio; Marcos tiene cabello negro azabache como el alfa Edward y unos cautivadores ojos de tono azulado.
Asintiendo bruscamente, los gemelos me saludaron con la mano, y yo me di cuenta de que sus rostros eran tan serios como el de su hermano mayor.
“¿Hermano, tengo que presentártela, o tendrás el honor de hacerlo tú mismo?”, le preguntó Jamal al alfa, quien suspiró irritado, como si la situación le resultara aburrida. Esto hizo que me cuestionara, nuevamente, las razones de su odio hacia mí.
“Está bien, yo lo haré”, comentó sonriendo el beta Jamal. Me sorprende mucho lo educado que es, pues se suponía, que todos los hermanos Chasia eran engreídos y descorteses. Pero entonces recordé, lo que se decía sobre que Jama era «el ángel».
“Te presento a Edward, el mayor de nosotros”, dijo rápidamente Jamal, y yo asentí y volteé a ver al alfa, esperando que me dirigiera algún gesto o que por fin me mirara, sin embargo, no lo hizo y eso me rompió el corazón.
Cuando comenzamos a degustar la comida, Marcos y Marcus comenzaron a hablar sobre algunos de sus asesinatos y explicaron con gran detalle la manera en que mataron a más de diez licántropos. Al escucharlos, un escalofrío recorrió mi cuerpo y me atraganté con mi ensalada, lo cual hizo que todos guardaran silencio y me miraran. Llena de nervios, me mordí el labio inferior, ya que esperaba que me ignoraran durante el resto de la cena.
“Entregué su corazón al lobo salvaje y le di los cuerpos de sus amos a mis leones, fue muy emocionante, aunque, por cierto, el otro tipo estaba vivo”.
“Fue tan divertido de ver, que creo que deberíamos organizar juegos de este tipo durante las festividades”.
La sola idea de que Marcus sugiriera ofrecer personas a leones y lobos salvajes como deporte me revolvió el estómago de forma tal, que tuve que levantarme e ir a toda prisa hacia el lavabo más cercano, donde vomité toda mi cena. Escuché entonces cómo los gemelos empezaron a reírse y negué con la cabeza, decidí no regresar al comedor y subí directo a mi habitación.
Me cambié, poniéndome mi vestido negro de seda para dormir, sin embargo, todavía no había cerrado los ojos, cuando la puerta de mi cuarto se abrió y entro un hombre. El alfa Edward estaba de pie ante mis ojos, y caminaba hacia mi cama con una mirada amenazante dibujada en sus ojos grises. Yo, me agarré con gran fuerza al colchón mientras él colocaba su rodilla sobre la cama y me sujetaba la barbilla para que lo mirara a la cara. En ese instante, sentí cómo mi corazón latía con tanta fuerza, que parecía estar a punto de salirse de mi pecho y cómo se me erizaba la piel. Mi loba aullaba con gran alegría al estar tan cerca de su compañero.
“Hola, compañera”, me dijo con una profunda y s*nsual voz, eso agitó mi respiración y él sonrió. “Solo vine a mencionarte las reglas”, al afirmar esto, se alejó rápidamente de mí, haciendo que me lamentara por la pérdida de contacto.
“¿Cuáles… reglas?”, pregunté tartamudeando en voz baja, y él me miró fijamente, casi con anhelo, pero parpadeó y sus rasgos faciales se endurecieron.
“Regla uno, estás aquí solo para complacerme y haré contigo lo que yo quiera. Dos, ni se te ocurra huir, porque te encontraré, y no solo te mataré a ti, sino a toda tu manada. Y por último, nadie sabrá lo de nuestro vínculo”, enumeró sus reglas y enseguida salió de la habitación, impidiendo que siquiera pudiera abrir la boca para decir algo. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero me negué a llorar. No me importaba si él no quería aceptar el vínculo que nos unía, sin embargo, me preocupaba mucho pensar en lo que me deparaba, ¿acaso estaba destinada a tener una vida de rechazo y sufrimiento?