Me lavo con frenesí los restos de la jornada y me afeito las piernas, aunque no con tanto frenesí. Salgo de la ducha y tomo una toalla. Me giro y me doy de bruces con unos pectorales duros, desnudos y familiares. «¡Mierda!»
—¿Te he tomado por sorpresa? —dice en voz baja...