La alegre mujer enarca una ceja de advertencia.
—No, también me habló de esa sonrisa de pícaro. Vamos a lavarte.
Él se aparta y, al hacerlo, esboza una mueca de dolor. Me echo a reír.
—No, me ducharé —espeta, y me mira con cara de horror.
—De eso, nada, jovencito. No hasta que el...