Se apoya sobre los codos y me mira. Toma un mechón suelto de mi pelo y analiza el brillante rizo caoba mientras juguetea con él entre sus dedos índice y pulgar.
—Has hecho que me quede dormido —dice con voz ronca.
—Ya.
—Eres demasiado bonita —susurra, y vuelve a mirarme.
Tiene los ojos...