De haber tenido cordero en la boca, me habría atragantado, pero en lugar de hacerlo empiezo a
desternillarme de risa.
—¿Qué? —digo entre carcajadas.
No me lo repite. Me guiña un ojo y yo me enamoro de él un poco más.
—Cómete la cena, nena.
Miro mi plato con una sonrisa y empiezo a comer...