—¿Por qué no puedes obedecerme en todo sin chistar?
Sonrío y reclamo su boca.
—Porque eres adicto al poder, y todo se pega menos la hermosura.
Se echa a reír y me coloca sobre sus caderas.
—Todo tuyo, nena.
—Muy bien —acepto de inmediato. Me levanto e intenta bajarme de nuevo sobre su entrepierna.
Lo aparto...