—Me han robado el coche. —Señalo con el brazo la plaza vacía y me giro para comprobar
que no son alucinaciones mías.
—No te lo han robado, muchacha. Sube.
—¿Qué? —Miro al grandullón, atónita—. ¿Y dónde está?
Con la cara de malo que tiene, hay que ver lo avergonzado que parece.
—El hijoputa de tu...