—Te gusta ser imposible —bromeo, y me rasco suavemente la cara contra su barba incipiente.
—Me gusta cuando te pones posesiva —me susurra al oído—. Ojalá pudiera tumbarte sobre la
mesa y follarte como un animal.
No me avergüenza ni me sonroja que haya dicho esas palabras tan directas sin importarle lo más
mínimo...